Life’s a gas

Hace tiempo había tenido una idea para disfrazar los pedos. Se trataba de un artefacto que se colocaba en las nalgas y convertía el fetido olor en delicada fragancia, y los estruendosos ruidos podían quedar enmutecidos o ser transformados en el trinar de un ruiseñor. Claro que todo esto se trataba de un mero chiste, pero recientemente salió una noticia de que algo similar se había inventado. Se trata de un parche que se coloca en la ropa interior y convierte los pedos en un agradable aroma a menta.
Ahora bien, digamos que el producto en sí se vuelve tan popular que lo usa todo el mundo. ¿No abriríamos las ventanillas del colectivo si de golpe sintiéramos “ese” olor a menta? ¿Nos libraría, acaso, de adivinar, acusar y ser culpados en el juego del “quien se cagó”? ¿No se verían obligadas las empresas de dentífricos, chicles y caramelos en cambiar sus sabores por el hecho de que a nadie le gusta tener “aliento a pedo”? No hay caso, señores. El pedo es pedo, y si Dios le puso ese olor es porque así lo quiso y vió que era bueno.

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